Las Marquesas, un lejano paraíso

Realmente son “El Paraíso en la otra esquina”, bien bautizadas por Vargas Llosa, pues una vez en Tahití es preciso tomar un vuelo interno y seguir otras tres horas y media hasta Nuku Iva, haciendo escala en Hiva Oa; estos nombres junto con Ua Pou, Ua Uka, Motu Iti, Motu Nao, etc, ya hacen presagiar un mundo aún más diferente. La espesa vegetación, accidentados acantilados y caminos de tierra en lugar de carreteras, configuran el aspecto salvaje de estas islas. Nuestro viaje nos lleva a la capital de Nuku Hiva, a través de montañas que dominan el paisaje y bellas bahías abiertas como la de Taiohae, nuestro destino. Por el camino, caballos salvajes galopan en los valles junto con cabras montesas y cerdos de todos los tamaños que se cruzan por doquier…¿Quién sería el osado primer visitante de estas tierras? parece ser que los primeros habitantes llegaron desde la Isla de Samoa y el primer europeo fue Alvaro de Mendaña, un leonés descubridor también de las Islas Salomón.

Tras otra larga hora de camino, por fin se divisa la bella Taiohae y nuestro alojamiento Keikahanui Pearl Lodge,  donde descansaremos un rato, si los  “nonos” (mosquitos  salvajes) nos dan tregua. Una breve caminata por Taiohae nos lleva a conocer la catedral de Notre Dame, el puerto donde una vez al mes llega el barco Aranui y con él las mercancías necesarias para el abastecimiento, y un parque poblado de Tikis, que dominan la bahía. Y ya está, todo en una sola calle de la ciudad.

¿Cuáles son los símbolos de estas bellas islas? Indudablemente el Tiki, pues siendo los polinesios muy supersticiosos, los encuentras por todos lados, de piedra, de madera, mezcla de arte y religión; los tatuajes que representan, aún hoy, la llegada a la edad adulta, pretenden recoger las vivencias del hombre o de la mujer que los llevan en cuello, brazos, espalda, piernas o en todo el cuerpo; el sonido del ukelele que marca el ritmo de las islas..…lento, lento.

La isla está jalonada por altas montañas desde las que se precipitan cascadas de agua como la de Ahue, de 340 metros que cae en una poza para el baño, escondida tras la espesa vegetación de los valles interiores. Bien merece una larga jornada, recorrer el valle desde Taiohae hasta Hatiheu en un suave paseo de dos horas. Nuestro chofer, François nos anima el camino con historias de antiguos pobladores, hasta llegar a un valle profundo llamado Taipivai, de una belleza indescriptible y donde un escalofrío recorre nuestra espalda al decirnos que sigue siendo cuna de feroces guerreros cuyos ancestros, declarados caníbales, animaron la huida de Herman Melville hacia Papetee. Antes tuvo tiempo de empaparse de esta cultura para reflejarla después en una de sus primeras obras, Typee, a la que seguirán otras de títulos como Omoo y Mardi, bellas lecturas de los Mares del Sur.

Buscando un poco de protección, el camino nos lleva por un estrecho sendero a los “pae pae” restos de templos paganos, cuyos únicos habitantes actuales son los tikis y los petroglíficos cubiertos de musgo que se entremezclan con los pozos subterráneos donde arrojaban a las presas humanas capturadas. Como el canibalismo no es plato de buen gusto, François nos propone hacer un alto en Chez Yvonne, pensión – restaurante de referencia donde podremos degustar la deliciosa cabra salvaje a la leche de coco, con la agradable compañía de la misma Yvonne a la mesa.

Despedimos nuestra jornada en una playa solitaria, a la que accedemos desde Hatiheu en una rudimentaria barcaza dando saltos por las olas, pensando que si es mi último día en este mundo, mejor que sea aquí, en estas costas que inspiraron también a Robert Louis Stevenson para su novela “La isla del tesoro”.

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