El ocaso de Trafalgar

¡Malditos franceses, gabachos de merde! las palabras resuenan machaconas en la cabeza de Gabriel como si un cincel empuñado por Marcial, el medio-hombre, las hubiera grabado a sangre en su sien, antes de partir a la batalla. Se siente cansado, muy cansado, exhausto.. diriase que sus recién cumplidos quince años se hubiesen multiplicado por tres, tras la dura contienda, la del 21.

No sabe a ciencia cierta cuanto tiempo ha pasado, ¿horas?, tal vez sean días los que lleva arrastrando su maltrecho cuerpo; las escenas de lo que ha sido su atropellada vida en los últimos meses se amontonan en su mente, desde que abandonó la casa de Doña Flora y Don Alfonso para alistarse en la batalla contra los ingleses. No consigue distinguirlas muy bien pero sí tiene grabada una escena que parece tan real ahora mismo como si aún estuviera por suceder, una y otra vez, una y otra vez…

“Sesenta navíos en línea avanzan por el océano Atlántico; sus retadores perfiles se dibujan en el horizonte y poco a poco las sombras se van convirtiendo en una verdadera amenaza: torpedos, bombas, cañones..; nunca debimos fiarnos de estos franceses, pero ¿quiénes se creen que son ellos? Villeneuve no midió bien, no dirigió bien, nos ha llevado a la desgracia… Deberíamos haberlos esperado en tierra firme, en nuestro territorio que bien conocemos, pero no, su arrogancia sin límites le cegó. Y el almirante Nelson ufano, sus navíos son poderosos…..veo como enfilan orgullosos a celebrar la victoria.”Pero a pesar de todo, aquí estoy, varado en la arena pero vivo, o eso creo; nunca olvidaré la gallardía y el buen hacer de esos valerosos prohombres junto a los que he tenido la suerte de luchar; morir luchando, qué mayor gloria para ellos: Churruca, Gravina, Alcalá Galiano, Álava, Valdés, Cisneros, y a los franceses ya les pueden ir dando.

Gabriel se siente morir, todas estas imágenes han transcurrido en un oscuridad absoluta, en un doloroso silencio, sólo interrumpido por el golpear de las olas sobre los restos del naufragio. zum, zum, zum, se agita con firmeza el agua, también sobre su cuerpo; y de pronto…. siente un escozor en los ojos, plagados de granulosas lágrimas saladas; mar y arena ensangrentada que nubla su visión. Con gran dificultad, consigue abrirlos, girar la cabeza y contemplar sobre las aguas una línea borrosa, mezcla de colores: negro como el tizón, rojo por la sangre derramada, naranja fuego, azul cielo, amarillo cegador; todo se mueve mientras se hunde en la mar, como la Trinidad, el Argonauta, el San Agustín, el Bahamas, todas las naos hundidas…. y a pesar del dolor del recuerdo aún presente, de la pérdida… ahora mismo, toda esa visión es infinitamente hermosa; sus ojos se esfuerzan por mantenerse abiertos y contemplar, a pesar de todo, la belleza del ocaso en Trafalgar.

Escena recreada e inventada tras la re-lectura de uno de los “Episodios Nacionales” de Pérez Galdós. Lectura y visita recomendada al lugar para añorar y admirar el ocaso, el ocaso de Trafalgar.

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