Caminata Veneciana

Allegro ma non troppo

Empezaba la cuenta atrás; las 27 horas que pasaríamos en Venecia estaban a punto de comenzar a medida que el tren se adentraba en la laguna enfilando a Santa Luzia. Ya. Comienza nuestro “allegro veneciano”. Mucho alboroto para tan pocos andenes, un ruido incesante de maletas que descarrilan por las prisas de sus atropellados dueños. La masa se dirige al “vaporetto”, ¿qué linea? corre, la dos nos deja en Rialto, ¡rápido, rápido que se va! y así en menos de cuatro minutos nos encontramos sumergidos en un suave vaivén, rodeados de palacios y en medio de un tráfico acuático que se distribuye en un aparente orden. Gente por doquier, incluso en las estrechas callejuelas que hay que recorrer con más intuición que lógica, por el Campo San Lio, para llegar al Hotel Canaletto; sugerente nombre en esta ciudad con cientos de ellos.…Y en eso estamos, en recorrerlos en el tiempo que tenemos.

La llegada a la Plaza San Marcos en esta calurosa tarde de septiembre para contemplar la Basílica (una de las más impresionantes del mundo), el Campanile tan característico y la Torre del Reloj con los moros dando las campanadas, no puede demorarse. Tengo ganas de verlo todo: el Palacio Ducal, símbolo del poder de los Dogos, el Hotel Danieli sobre el Canal, donde el barón Corvo pasó sus días de gorroneo, hasta que lo echaron; el Café Florián donde escribieron escritores como Balzac, Hemingway, pasando por Joyce, Henry James y tantos otros. Recorrido express por las orillas de la laguna, pasamos el puente de la Paja (desde donde se divisa el Puente de los Suspiros), sorteando flashes de fotos y nos adentramos en Campo San Zacarías; nos perdemos sin rumbo por las calles, subiendo y bajando, sintiendo y oliendo todos los rincones de Venecia, hasta que completamos el circuito y de nuevo en San Marcos. Cae la tarde y decidimos cruzar la laguna hacia San Giorgio Maggiore, subir a su campanile y contemplar desde lo alto cómo termina el día en  esta bella ciudad. A la salida, en la iglesia disfrutamos de un concierto de órgano durante un breve descanso. De nuevo en el vaporetto, el ritmo va decayendo, nos dirigimos a los Zattere, muelles a lo largo del Gran Canal en la zona de Dorsoduro, que se han convertido en lugar de paseo para los venecianos, algo menos concurrido que las zonas más turísticas. Aún así, cenar frente a la laguna sigue siendo un lujo que sólo los emocionados turistas nos permitimos. La vuelta por este barrio veneciano es un placer, a medida que cae la noche, que Venecia se va quedando más vacía, las aguas agitadas recuerdan los dos o tres cruceros que ya se fueron y con ellos miles de personas. Es en este momento cuando surge la oportunidad de disfrutar de la última hora de visita al Palacio Ducal (de diez a once de la noche) donde unos pocos visitantes recorremos las inmensas salas donde el Consejo impartía justicia, admiramos el lujo y la belleza del patio con la escalera de los Gigantes y sentimos la desazón de los prisioneros al contemplar la laguna (quizá por última vez) a través de las rendijas mientras atravesamos por el interior el puente, lanzando un gran suspiro. La noche acaba y mañana continuará nuestra visita, ochos horas más sosegadas que seguirán otro  ritmo en este allegro..ma non troppo día y medio en Venecia.

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