Machu Picchu

Pasear por las montañas en Perú es hacerlo entre ángeles invisibles, en un ambiente de espiritualidad que sobrecoge. No en vano son los cerros (o apus en quechua) testigos fieles de la historia de la Civilización Inca. La primera curiosidad es conocer que la palabra apu tiene un doble significado en el idioma quechua: no sólo designa las montañas sino también significa Dios o jefe o líder; para los incas, vivir cerca de una montaña era sagrado porque los espíritus de las montañas protegen a los hombres desde tiempo inmemorial. Y por ello, las montañas también eran su última morada, allá donde volvían para ser enterrados en posición fetal.

La ciudadela está custodiada por varios apus: el propio Machu Picchu (Montaña Vieja) que junto con Huayna Picchu (Montaña Joven) constituye un ejemplo de la dualidad andina; pero además me gustó especialmente descubrir a Putucusi (Montaña Feliz) que se sitúa discretamente entre las dos, vigilante tras el Templo del Sol. Es la más difícil de escalar, sólo para aventureros experimentados; mejor observarla nada más llegar y absorber la energía (o felicidad) que irradia.

Machu Picchu parece almacenar la energía de civilizaciones legendarias, no sólo de los incas sino también de aquella civilización perdida, Mu o Lemuria, “La Madre de la Tierra”, que surgió anterior a la Antártida y que constituye el origen de la tierra, situada en algún sitio entre este punto de America del Sur y Australia. ¡Quién sabe!

Lo que sí podemos atestiguar es que ese respeto a la Pachamama (Madre Tierra) que impera en el ambiente, te conecta de alguna manera con tu interior y todo el escenario desprende paz.

Ama Sua, Ama Llulla, Ama Quella, repiten al unísono un grupo de escolares que visitan la ciudadela recordando los principios morales de los incas; los valores de honradez, la verdad y el trabajo eran los dioses diarios de los incas, básicos para crear una sociedad armoniosa donde todos se ayudaban.

Eso sí, sólo se recurría a sacrificios humanos en tiempos en los que la Pachamama no daba sus frutos; mientras tanto contentaban a los apus con chicha (licor de maíz) y hojas de coca. Y aquí estamos, desafiando la roca donde realizaban dichos sacrificios.

Acceder a esta zona de Perú no es fácil, supone haberse habituado antes al soroche (mal de altura) y conviene hacerlo de manera gradual. Una buena solución es pasar algunos días en Cusco y desde allí recorrer en una jornada el Valle Sagrado, visitando Pisac y Ollantaytambo, dos ciudadelas defensivas, en buena medida responsables de que Machu Picchu no fuera descubierta. Tanto el laborioso viaje como la belleza de ambos enclaves ya te va preparando para llegar a Aguas Calientes lo suficientemente cansado como para caer rendido soñando con lo que verás al dia siguiente.

Adaptación para el Programa Nómadas de RNE 16/02/19

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s